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| Marcelo Ruiz Vega, tallador de obras coloniales. Fotos: Guillermo Corral/UN |
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- Marcelo Ruiz Vega: nació en Quito, en una vieja hacienda cercana a la Universidad Católica.
- Los abuelos, José Manuel Ruiz y María Paredes, lo cuidaban.
- Dice que vivió a los 11 años en El Quinche.
- ¿Acaso eso influyó en su obra mística?
- Marco Antonio, hijo mayor, sigue sus pasos. “Me supera”, dice.
Gracias a Dios tengo muchos clientes que aprecian mi arte inspirado en Quito’
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Marcelo Ruiz Vega sostiene un Niño Dios de 300 años, tallado en roble. Es una de las tantas piezas del convento Santa Catalina de Siena que deslumbran.
Localizado en la Espejo y Flores fue fundado en el siglo XVI. 21 religiosas custodian el patrimonio colonial (esculturas, cuadros y pinturas sacras). El Niño, de 6 centímetros, parece que temblara: está desnudo y levanta los brazos en actitud de imploración.
Para recuperar su perfección, Ruiz Vega, tallador y pintor, debe restaurar los dedos y encarnar la piel, así la figura volverá a mostrar su candor. “Las monjitas confían en mí; yo restauro desde hace 9 años las obras del convento; hoy trabajo en este local del mismo claustro”.

El pequeño sitio, que ostenta el rótulo Arte colonial quiteño, se sitúa en la esquina de las calles Montúfar N-404 y Junín, en San Marcos. Esbozando una sonrisa, Ruiz confiesa que ya trabaja 32 años en el barrio de casas de zaguanes y balcones de geranios, como los nueve de hierro forjado de la Escuela de las Misioneras Agustinas Recoletas, al comienzo de la Junín.
Otras, como la del vecino museo dedicado a la vasta obra del maestro Muñoz Mariño, ocultan frescos jardines que despiertan más de un enigma por sus bancas de piedra y otras reliquias. Ruiz es pequeño y moreno. Siempre tiene a la mano las 30 gubias con las cuales construye, pieza a pieza, bargueños barrocos, baúles con ‘secretos’ incorporados (cajoncitos que solo el dueño los conoce); marcos de pan de oro para resaltar el esplendor de la Virgen de Quito, pintada al óleo por Ruiz.
Sobre la rústica mesa del taller, de coloridas manchas, se ven las gubias grandes y chicas para el tallado: trincantón, de pelo, escoplo y cóncava.
Siempre las hacía don Jorge Cevallos, diestro en la forja, en un taller de La Tola. También usa una lijadora moderna y una ‘ guilleta’ para dar forma a las patas y brazos de sillas Luis XV. Marcelo Ruiz tuvo dos maestros: Segundo Vega, un tío que hizo tallas memorables, como el retablo de la iglesia de San Juan de Calderón; y Daniel Romero, quien levantó un taller en la Ave. 10 de Agosto y Checa. A principios de los setenta, Ruiz, de 13 años, aprendió a tallar gracias a la generosidad de Romero.
A sus 53 años se considera uno de los herederos de Caspicara y de otros maestros de la Escuela Quiteña.
Marco, el hermano mayor, de 62 años, ha llegado al local. Él trabajó en el repujado de muebles de cuero, también con el tío Segundo, en Calderón.
 Los muebles vendían en algunos almacenes de Quito. Marco restaura casas antiguas, como la del recién inaugurado y atractivo café Las cuevas de la colonia, frente al taller de Ruiz.
De las añejas casas, el artesano obtiene la madera noble -nogal y cedro- para las obras.
“Yo reciclo esa madera porque el nogal o tocte casi no existe; hace poco conseguí un poste antiguo en una casa de la Montúfar para hacer un bargueño”.
Al tallador, la vida le ha dado tantas satisfacciones. Evoca dos: un tríptico y un baúl se exhiben en el Museo de la Ciudad.
Y el general Carlos Santiago Ramírez, ex embajador de Venezuela, le compró una Virgen de Quito e hizo otra para engalanar la tumba del Mariscal Sucre.
Hizo un escritorio para la Embajada. Le gustó tanto al presidente Chávez (talló los escudos de Ecuador, Venezuela y el de Quito) que lo llevó a Caracas.
Hace 32 años abrió los primeros talleres en las casas de la familia Aguinaga y de doña Celia Valenzuela, las dos en la Junín.
No piensa cambiar de barrio. Le motiva a crear obras del fabuloso pasado quiteño.
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